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El capitán Álvaro Fresnedillo quiso que una decena de tilos diesen sombra y empaque versallesco al patio de la Comandancia, huérfano en vegetación, triste y adusto como un expediente disciplinario. Quiso también una fuente con varios pisos. Como una que había visto en un viaje a Mónaco en coche antes de entrar en la milicia y poco después de entrar en capilla. Una en terrazas concéntricas cuya copa ofreciera un ángel en mármol limpio que manase un chorrito de agua juguetona desde su boquita labrada. Desechó la posibilidad del ángel clásico evacuando agua por su noble parte, pero tampoco le hubiese importado. Los edificios castrenses deben ir con los tiempos o contra los tiempos, pero nunca anclarse en el vago limbo  del presente, que es un compartimento estanco, tal era su opinión en materia artística. La vida en el cuartel no debe ser ajena a la calle, solía decir. Hasta le contrarió que el Comandante no terciase a su favor cuando pidió que le dejasen ponerse el traje de Papa Noel y desfilar por los barracones con la saca llena de pequeños regalos. Le hacía tantísima ilusión.
Cursó el deseo de los tilos y lo timbró con el membrete de su propia oficina pues consideró que de esta manera no sólo respetaba el inflexible conducto reglamentario, tan de fundamento en la disciplina marcial, sino que daba una impronta de seriedad a la petición y cierta seguridad en que, al menos, la petición iba a ser competentemente atendida. Otros más apasionados hubiesen asaltado al Coronel Bermúdez, responsable último de los presupuestos del cuartel, en alguna Pascua Militar, celebración que predispone a la jerifaltía a consentir alguna que otra veleidad, y soltarle la historia de los tilos y del ángel coronando la fuente con terrazas. Conociendo el percal, podían ser veinte años de austeridad económica cuartel adentro. Pensó el Capitán que, negados los tilos, variante arbórea de escasa aceptación en las costumbres ornamentales del pueblo llano, iletrado en botánicas, bien estarían unos álamos, que dan sombra más señorial. Un busto de héroe de guerra, salvador de la patria o pariente lejanísimo de algún oficial al mando con buenas relaciones con Madrid, podría convenirse para rematar la obra.
La orfebre monotonía de los días le impuso la realidad ineluctable: la petición, aun impecablemente cursada, aun con el visto bueno de algunos mandos sensibles y decisorios, aun habiendo seguido escrupulosamente el conducto reglamentario, habría sido rechazada.
En la Comandancia, uno se entera así de las cosas. No hay alguien que se te acerque y te diga: Oye, Fresnedillo, que nada de tilos. Que Papa Noel es una horterada, tío. El silencio, su volumen durable y gótico, su gesto, era el informante. Otra posibilidad barajada por Fresnedillo era que la carta se hubiese extraviado. Cosas peores había visto en sus veinte años de trabajo castrense. Desde que el Sargento Alcántara pidiera el traslado a Canarias, el Servicio Postal de la Unidad funcionaba nefastamente. Eso era: la carta se había perdido. O el cartero la había dejado sobresalir alarmantemente de la saca y en un descuido se había caído. Averigua dónde estaba ahora. Quizá en la taquilla de algún soldado. Tal vez en la basura. Una posibilidad infinitamente más dolorosa que la pérdida era la de que los Mandos la hubiesen tomado a chacota. Como otras veces. Como cuando pidió una pantalla de cine en el patio de Armas para poder ver, en verano, cintas antiguas de piratas o de pistoleros. Todas pertinentes. Luisa, su mujer, le previno: Mira, Álvaro, tú ya sabes que arriba hay gente muy cazurra y no van a darse cuenta de lo bonita que es tu idea. Tilos, ángeles de Versalles, eres idiota de bueno que eres. Déjate de chorradas y dedica tu tiempo libre a tu mujer, que está huérfana de cariños y a tus hijos, que van camino de no tener padre que les dé mimos.
El capitán Fresnedillo tardó trece años en escalafonar y todo gracias a un cuñado suyo metido en políticas e íntimo de un Adjunto al Secretario Segundo del Ministro de Defensa. La recomendación, subida la cuarentena, no caló en s y se retuvo años, pero al final la tozuda vehemencia de Fresnedillo ganó a la indiferencia del cuñado y la carta con la consideración positiva acabó llegando. Como quiera que los días volaban sin noticias de los tilos, el Capitán cursó una nueva misiva. Ésta más briosa, menos lánguida, aunque ajustada a respeto, conducto reglamentario, membrete y la habitual prosa académica fruto de sus muchas lecturas de Azorín y Don Benito Pérez Galdós. Escrita a mano, con caligrafía pulcrísima, inglesa casi, haría mejor efecto.
La carta daba cuenta de los tilos y del ángel de mármol para adecentar un patio que desde que el General Alonso de Campos lo inaugurara – tan regiamente como loa la leyenda del Cuerpo de Guardia. En 1.926 no había sufrido un solo cambio salvo (tal vez) unos soportales en el edificio de la cantina y una máquina expendedora de refrescos y cervezas muy del agrado de la encabronada tropa. No olvidaba la cosa del Papa Noel, por si acaso. De hecho, cuanto más lo pensaba, más ilusión le hacía enfundarse las galas de Coca Cola del barbudo de los regalos. Peso, peso era lo que le faltaba. Nunca anduvo el hombre suelto en kilos.
Añadía Fresnedillo que un busto del General Alonso de Campos bien podría suplir al ángel. Sin chorrito, claro. Y añadió algo más: que a Papa Noel, miembro de honor de las culturas nórdicas, pero escasamente apegado a las nuestras, le podía suplir un Rey Mago, uno cualquiera. Hasta el negro, Luisa, que a lo mejor por ahí cuela, ya que estamos en estos tiempos tan modernos y los militares se quieren congraciar con el pueblo.
A esta carta prosiguieron cuatro más. Cinco quizá. Todas parecidas. Todas reventonas de limosna floral y de prosa lisonjera y cansinamente aburrida. En una se alistó en esa línea sensible que requiere una lágrima para poner el punto y final. Cuando Fresnedillo se lo proponía, era un tipo triunfador, uno hecho a sí mismo y capaz de alcanzar aquello que se propusiese. Así se ganó el amor de Luisa, que era difícil de convencer y no se dejaba contaminar la risa por chanzas de medio pelo y chistecillos de sargento salido.
La que el capitán consideró definitiva estaba escrita a ordenador con una banderita nacional prendida en su esquina superior izquierda y con un mapa de España, que suprimía las Baleares y las Canarias – cosa del espacio y del escaso manejo en asuntos ofimáticos – detalle que enfureció sobremanera al General Sepúlveda, que solía vacacionar en Menorca y tenía por suegra a una tinerfeña. Como faltaban pocos días para Navidad, hizo acopio de tópicos y dejó caer la inconveniencia de dar la espalda a la fe, fundamentando su deseo en la tradición centenaria del Cuerpo Militar y su arraigo popular.
Ni el cuñado ducho en las épicas políticas y en recomendaciones ni las circunstancias de su brillante expediente y sus años de abnegada entrega a las milicias de España, impidió que la Intendencia trasladara a Fresnedillo a la Gomera. Y no es que la isla canaria sea la isla de If, pero la familia ( Álvaro, Luisa y los cuatro hijos ) estaba ya más que a gusto en San Fernando.
Además, el acuertelamiento insular  – pequeñito, modesto, práctico a más no poder – carecía de patio.
Nada que no suceda todos los días: el capitán Fresnedillo pilló en las Islas Afortunadas una depresión de caballo, de caballo de porte marcial y relincho regio. Su mujer le dejó cuando advirtió que Álvaro no sólo no levantaba cabeza sino que se refugiaba cada día más en sí mismo. No hablabla. No asistía al trabajo. No mimaba a los niños, a los que siempre descuidó por la obligación castrense o por el vicio canalla de la escritura. Es que no se puede ser sensible y dedicarse a la literatura teniendo hijos, Luisa, es así. Y ni triunfó en las letras ni en los hijos. Suele pasar.
Expedientado dos veces, fue rebajado en el escalafón a sargento, cargo en el que duró un par de meses antes de que Madrid le advirtiese, en solemne carta, sin adjetivos rimbombantes, de ésos que tanto le gustaban, sobre la conveniencia de retirarle sueldo y cargo definitivo caso de persistir el absentismo laboral.
No le importó. Sólo pensaba en Papa Noel, en los tilos, en lo poco sensible que puede llegar a ser el género humano.
El 24 de Diciembre de ese año Álvaro se enfundó un traje rojo rellenado de trapos que le hacían orondo como el Santo Nicolás. Cinturón rojo. Botas calzadas hasta media pierna. Todo alquilado en una modesta tienda de disfraces de carnaval, nada extraño en las Islas. Salió a la calle y se sintió el hombre más feliz del mundo. Los niños se le acercaban a mansalva. Le pedían caramelos, cosas que sacaba con ceremonia y pensada coreografía de la pesada saca trabajosamente cargada a la espalda.
El placer no dura mucho. Ningún placer. Jadeante, desconcertado, privado del júbilo primario del que había disfrutado hasta límites increíbles en el épico paseo por las calles, Fresnadillo se sentó en un banco de un parque. Estaba frente a un hipermercado. Allí entró Santa Claus o Papá Noel o San Nicolás, que viene a ser la misma triste cosa. Se paseó por la sección de juguetes, pero un guardia de seguridad, una especie de armario empotrado con cara de pressing catch,  le pidió que se identificase. Soy el capitán Álvaro Fresnadillo, hágame el favor de cuadrarse. El guardia, hecho a pirados y a otros parias de escaparate sociológico, le cogió expeditivamente del brazo y lo movió, en un zarandeo rápido y casi exento de violencia, a las puertas giratorias de la entrada. En ese escaso minuto, como cuentan que sucede cuando nos morimos, desfiló por su mente el patio del cuartel, el viaje con Luisa a Mónaco, el invierno en las garitas, los años perdidos, los sueños fugados. A lo mejor, a lo peor, se estaba muriendo.
Un servicio del 091 lo encontró debajo de un banco, encorvado, hecho un mal ovillo a punto de perecer de frío. Se había despojado del traje de Santa Claus y del relleno de trapos. Estaba casi desnudo, tiritando, balbuceando cosas que la policía no logró descifrar. A su lado crecía, imponente, bellísimo, un tilo.